Durante poco más de cuatro años pertenecí al establo de box Gaspar “Indio” Ortega en Tijuana, para mayores referencias en la Zona Norte, en las canchas del Benito Juárez; a tres cuadras de ahí se entrenaba Erick “El Terrible” Morales. Más lejos estaba el Crea donde Quirarte entrenó a otros campeones y donde Chávez corría los domingos; un poco más al sur estaba el auditorio donde entrenaban otros más. Larga historia… usualmente no hablo de Tijuana, no comparto la idea de otros tijuanenses de contar, cada que pueden, que crecieron en TJ y en la Zona Norte y bueno pura falsa propaganda para hacer notar que vivieron durante los 80’s en la zona brava de aquel tiempo, donde los prostíbulos abundaban y las cantinas de braceros no cerraban a ninguna hora.
La primera vez que entré al gimnasio fue durante el torneo de los Guantes de Oro del municipio, recuerdo que la entrada costaba 10 pesos, los pagué y entré. Sobre el ring peleaban dos que no paraban de golpearse, recuerdo tan sólo que el de pantaloncillos blancos ganó, era un carnicero del mercado municipal, eso sí lo recuerdo. Una semana más tarde estaba puesto para entrenar y llegué temprano al salir de la escuela, pagué mi inscripción de 50 pesos, me pusieron las vendas y me enseñaron el básico “uno – dos, avanza”. Luego la euforia me ganó y comencé a saltar hasta que me gritaron que iba a ser boxeador no bailarina, que me controlara en pocas palabras. El tiempo transcurrió y continué con el entrenamiento, en aquello días podía brincar de un peso a otro sin problema pero el welter siempre fue mi peso. Vinieron los primeros golpes sobre el ring, duros golpes, fuertes que mi nariz no olvida, que mi boca aún siente. Llegaba a la escuela escupiendo sangre por las mañanas y sé que les daba asco a los demás, pero no me importaba. Por fin había encontrado algo que me mantenía tranquilo como ninguna otra cosa, por aquel tiempo estaba en la selección de basquetbol y la verdad, ahora que lo pienso prefería pasármela en el gimnasio, además las historias siempre fueron increíbles y las fotografías en blanco y negro de viejas batallas adornaban la oficina del lugar, imágenes perdidas ahora. Sin embargo siempre supe que no sería un buen boxeador, eso sólo está permitido para pocos hombres en esta vida. El box es un extraño deporte que en México sólo se ha nutrido de hombres del norte y del centro del país, de Tepito para ser exactos, no sé por qué, pero así es…
En el box no hay hombres pequeños, nadie pierde, todos ganan algo aunque sea el sueño de ganar una batalla en algún momento, en ser campeón, en noquear, en sentir la adrenalina como sube y baja, se mueve, te mueve, te volteas y te defiendes; golpear y acertar un buen golpe es algo que no puedes olvidar así como tampoco el chicoteo de tu cabeza cuando ves la oscuridad pegarte en el rostro, los golpes nunca los ves cuando aterrizan en tu cara, sólo ves unos disparos oscuros que de pronto te dejan ver un poco de luz pero aún no logras saber lo que pasa cuando otro golpe te da en la cara. Intentas respirar pronto para salirte de esa tormenta pero si ya tienes sangre en la nariz sin darte cuenta comienzas a ahogar y pronto reaccionas y abres la boca; siempre el otro se detendrá un segundo antes de rematarte y ese es el momento para escapar o caer. No hay más. Durante el encuentro, en el vientre de los guantes, siempre tus dedos van y vienen, te lastimas el dedo gordo si no lo sabes acomodar y si las vendas te aprietan no golpearás bien. Si derribas al contrario será tan rápido que apenas te haces a un lado y descansas apenas con la conciencia turbada de saber lo que hiciste. Si te derriban intentarás ponerte de pie sin saber por qué… es mentira que piensas en la honra, la supervivencia no conoce de honras, sino de mantenerte bien de pie y de frente a la miseria, de cara a la batalla aunque la pierdas. Así miles de boxeadores, cientos que aún después de perder cada pelea que surja siguen creyendo que en algún momento llegarán a ser grandes campeones.
He visto a hombres caer noqueados y perder el conocimiento, nadie se reirá de ellos ni los juzgarán, no son ni idiotas, ni estúpidos, ni débiles, simplemente se escuchará el silencio y se dirá que no estaba preparado, pero como un buen hombre lleno de corazón, dio todo para estar ahí. No hay boxeadores tontos, todos son valientes, hasta el más pobre que suba al ring con pantaloncillos y guantes prestados. Es así. Cuando uno ve una pelea en cualquier lugar nada irrita más que algún imbécil de esos que gritan cosas como: madréalo, vales pura madre, es un idiota, pelea como pendejo… me encantaría verlos sobre el ring para ver si así como tienen de grande la boca son capaces de resistir por lo menos un round. De esos chabacanos está lleno el mundo. Pelear en la calle es otro problema, ahí las reglas no aplican y sólo hay de dos: te rompen la cara o sales vencedor como puedas, pelear es un destino que sólo los pobres de espíritu pueden negar. Cómo hablar de la vida si nunca has sentido tu cuerpo arder o sudar y, más allá de eso, sentir como alguna parte de tu cuerpo se hincha y sangra. No digo que vaya uno por la vida como un retrasado mental buscando pelea, recordemos que ése es un gran error trágico. Tengamos en mente algo, la cobardía es una navaja de dos filos: alimenta el coraje y nutre los remordimientos: “si hubiera…” puedo continuar, el corazón me late con fuerza…
El box es un deporte de caballeros y de hombres inteligentes que disciernen la realidad de una manera especial, cuando toca la campana entregan la vida al enemigo, cuando suena de nuevo se detienen y como grandes amigos los peleadores se abrazan y se dan la mano, saben que la razón de su existencia se cumplió, comprenden el destino que les toca aunque por dentro estén sufriendo y luego en la soledad, quizá lloren sin parar. La ficción del boxeador dura tres minutos. La pelea, sin embargo, nunca acaba. Recibir un jab no es perder la batalla sino que podemos cambiar de estrategia. Llorar es válido, lo único que no se vale es retroceder.
Diez segundos…
El mejor boxeador no siempre es el invicto.
HH













