Privilegio e ignorancia para el pueblo

I. En los diarios de George Orwell, y en toda su obra si la estudiamos a conciencia luego de abandonar el romanticismo juvenil de “Rebelión en la granja” y “1984”, el autor plantea una idea inmisericorde hacia nuestro proceder que lastimaría a las mejores mentes propagandistas de la generosidad, presentes en éste y todos los pueblos, sobre todo en los artistas, políticos, intelectuales, la sociedad civil et al. “El poder de enfrentarse a hechos (acciones) desagradables”, es una frase retórica en todo su sentido, profunda y devastadora, claro está si somos nosotros los protagonistas-ejecutantes de los “hechos” o “acciones” desagradables que no estaríamos en condiciones de aceptar porque la paja siempre está en el ojo ajeno.

En distintos momentos he abordado el tema de la corrupción eliminando el significado puro que la atañe al crimen, pues es más que eso, y la ligo de manera directa con el instinto primigenio de supervivencia una vez que entendemos nuestro paso por este mundo. Pero ¿qué hay del privilegio? En principio, podemos hacer una apología del privilegio ganado, ese que se obtiene empezando desde abajo, propio de mujeres y hombres que pican piedra, sin romanticismo, y se colocan por encima de las circunstancias adversas en determinado momento, se tragan las humillaciones, forjan carácter y triunfan.

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Kent Anderson, entre guerras

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Con El sol verde el autor regresa de un largo retiro de más de 10 años sin publicar ninguna obra literaria para sus fieles seguidores, que tienen en él a una figura que narra la descomposición espiritual que viven los excombatientes de Vietnam

POR HUGO ALFREDO HINOJOSA

“Guerra” es una palabra que seduce al igual que “violencia”. Ambas se complementan y marchan por el sendero de la existencia humana minando territorios, marcando con cicatrices las memorias de aquellos que, alejados del romanticismo de estas palabras, deben vivir las fatalidades de una batalla, de un atentado, de las masacres que roban por siempre la paz de la mirada de mujeres, niños y hombres que sobreviven a la muerte. Ante esto, Heráclito el oscuro se limitaría a consentir, sin batallas no hay dialéctica.

A mediados de la década de 1950, después de la Segunda Guerra Mundial y de la guerra de Corea, Estados Unidos entró en lo que sería un desencuentro largo y costoso. La guerra de Vietnam fue la piedra en el zapato de la gran potencia estadounidense que, durante veinte años, no se pudo sacudir. Y fue también el semillero que dio origen a la contracultura del país vecino, a la par con el Movimiento por los derechos civiles encabezada, entre otras figuras, por Martin Luther King hasta su asesinato en 1968.

Easy Rider, filme de 1969, dirigida por Dennis Hopper, retrató a la perfección la época del conservadurismo en Estados Unidos durante el proceso de la contracultura. Los personajes que viajan a lo largo y ancho del país, interpretados por Peter Fonda y Dennis Hopper, son asesinados por unos rancheros que proyectan en los vagos motociclistas la representación anti patriótica de la cultura cristiana americana, que necesita de la guerra y sus mártires para subsistir. Al tiempo que la película se volvía un fenómeno en el país, Ron Kovic, héroe de guerra y ahora activista político, regresaba a su pueblo natal en Nueva York en silla de ruedas, sintiendo que Dios y el país lo habían traicionado. Su madre católica también le había mentido al decirle: “nuestro señor desea que vayas a Vietnam para derrotar al comunismo”, como lo cuenta en su libro Born on the 4th of July. Fue de esa generación de combatientes que regresaron a casa, a principios de los años 70, que surgió el condecorado Kent Anderson (Carolina del Norte, 1945), reclutado por las Fuerzas Especiales del Ejército de los Estados Unidos, mejor conocido como los “Boinas Verdes”.

Anderson cumple con el estereotipo de la cultura pop de los militares que padecen el trastorno de estrés postraumático y no pueden reintegrarse a una sociedad que tiene al tedio como motor principal, sin batallas que eleven la adrenalina a tope. Pensemos en Travis Bickle del filme Taxi Driver, dirigida por Martin Scorsese y escrita por Paul Shrader. Esta captura la esencia del lobo estepario, enemigo de una sociedad que falsea los principios de “verdad y honestidad” por los cuales fue enviado a la selva, un individuo que desea amar, pero pierde todo interés protocolario para liarse en una relación sentimental.

A su regreso a Estados Unidos, Kent Anderson se enlistó como policía en Portland, Oregón, y pronto abandonó dicha profesión para estudiar literatura en la Universidad de Montana. Este fue un ciclo que repetiría, ya que, al concluir sus estudios, patrullaría las calles una vez más en la ciudad de Oakland, en California, y la literatura terminaría por alejarlo de las calles para escribir su primera novela Simpatía por el diablo (1987), obra con la cual nos presenta a su antihéroe llamado Hanson, que narra la violencia extrema en los campos de batalla de Vietnam. Esta novela le valió el aplauso, no solo de la crítica especializada, sino de veteranos que hasta el momento no conocían ningún testimonio literario que abordara con honestidad el infierno que vivieron en el país asiático.

Después de esa primera obra narrativa siguieron Night Dogs (1996); un libro varia inventiva titulado Liquor, Guns & Ammo y la reciente Sol verde, apenas cuatro libros en 33 años que narran la vida de su protagonista Hanson, el espejo del propio autor.

 

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México a la deriva

Respiradores-médicos

Los ventiladores hechos en México no son para mexicanos

 

Baja California es potencia internacional en la manufactura de materiales médicos, que hoy vive la emergencia por el coronavirus sin la posibilidad de acceder a los materiales de alta especialidad clínica que produce

POR HUGO ALFREDO HINOJOSA

Para los medios internacionales, Tijuana es una zona de guerra en ciernes que contabiliza veloz y a regañadientes el número de contagiados y muertos por el coronavirus. Pronto, el resto de los municipios del estado sumarán a un número considerable de sus residentes a las fatídicas estadísticas de la Secretaría de Salud del país. Pareciera que, tanto la federación como el desorganizado y lego gobierno de Baja California siguieron las máximas dubitativas e incrédulas, no sólo del presidente Andrés Manuel López Obrador, sino del vecino mandatario estadounidense, Donald Trump. Hace un mes, este último se mofaba de la pandemia, no tan lejana, al igual que su homólogo mexicano, asiduo a la exposición pública obligada por su continua campaña, cuyo objetivo ahora es el convencimiento popular de un bienestar inexistente de la nación, la cual se adentra en una crisis económica sin precedentes.

Durante las primeras semanas de abril, la crisis epidemiológica ha aumentado sin control en el país; se manejan cifras irreales en cuanto a contagios y muertes, que hacen dudar al ciudadano común acerca de la sinceridad del gobierno honesto. No obstante, para tranquilizar a los televidentes, mas no así a los críticos, nuestro presidente ha declarado ad nauseum desde hace un mes en sus conferencias matutinas que México se preparó para enfrentar la pandemia anunciada “desde hace tres meses y antes que otros gobiernos del mundo”. Estas declaraciones implicarían que su gobierno reaccionó al mismo tiempo que China cuando alertó a la Organización Mundial de la Salud, a finales del mes de diciembre de 2019, sobre los contagios respiratorios en aumento en la región de Wuhan.

De ser ciertos los dichos del presidente y si su gabinete hubiera percibido una amenaza de salud que derivara en un problema de seguridad nacional, por las implicaciones y riesgos ante los que se expondría al pueblo, el accionar lógico indicaría que se debieron activar los protocolos de los lineamientos para la emisión de alertas epidemiológicas de la Dirección General de Epidemiología. Esto es que, en cumplimiento con el Reglamento interno de la Secretaría de Salud, de acuerdo con el Capítulo X, Artículo 32 Bis, inciso XIII, “la Dirección General de Epidemiología debe ‘Difundir, en forma oportuna los resultados e información generada por las acciones de vigilancia epidemiológica’ (según el Boletín Epidemiológico de la semana 14, de la Secretaría de Salud, publicado el 13 de abril de 2020). Lo anterior no ocurrió hace cuatro meses y puede calificarse como un acto de negligencia que ha generado caos en diferentes regiones del país por la falta de estrategias reales de prevención, para contrarrestar una epidemia que sacude a la sociedad en su totalidad, y en específico a la región fronteriza del país, muy particularmente a Tijuana, un foco de infección donde perderán la vida centenares de bajacalifornianos.

 

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La última travesía de Domingo Villar

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La literatura policiaca española tiene en la pluma de Domingo Villar a uno de sus máximos exponentes, un autor de best sellers que dialoga a la perfección con la oscuridad de nuestro tiempo

POR HUGO ALFREDO HINOJOSA

Conocí la obra de Domingo Villar por la película La playa de los ahogados, entretenida por supuesto, aunque que hay rasgos notables de la novela que se pierden en la traducción a la imagen, como la tensión sin tregua para el lector. A pesar de ello, el ejercicio fue afortunado y mantuvo viva esa tradición latente desde los años 40 del siglo XX, de trasladar al cine tramas literarias oscuras de autores como Raymond Chandler y Jim Thompson, quienes descubrieron en la intriga y el suspenso la argucia existencialista e ideal para representar la condición humana sin la negación y resistencia del espectador-lector.

En la historia de la literatura policiaca existen, por lo menos, tres obras cardinales llevadas al cine que cautivaron a la generación de la posguerra, esa que marchaba hacia la búsqueda ontológica que daría sentido al nuevo orden mundial milico dirigido hacia la Guerra Fría. En principio, El halcón maltés de Dashiell Hammett, dirigida en 1941 por John Huston, es considerada el pilar del género noir a nivel mundial, y es el diorama habitado por el detective Sam Spade (Humphrey Bogart), metáfora de la justicia idílica y la esperanza del momento.

El tercer hombre escrita por Graham Greene (quien primero redactó una noveleta para poder estructurar el guion que precedió a la versión final de la novela), estelarizada por Orson Welles y filmada por Carol Reed en 1950, expone un mundo corrompido por la guerra, el cual elimina el romántico triunfalismo de los aliados ante la mirada de los espectadores ingleses y estadounidenses ajenos a los campos de batalla. Por último, Sombra del mal de Whit Masterson (pseudónimo de Robert Allison Wade y H. Bill Miller), llevada al cine por Charlton Heston y Orson Welles en 1958, narra el resurgimiento del crimen organizado en Estados Unidos y su relación con la justicia, que rompe con la ilusión conservadora del patriotismo. Estas novelas parten de la realidad decadente de su tiempo para trastocar las buenas conciencias con las infinitas posibilidades de la ficción contra el mundo feliz.

Sin revelar demasiado la trama de El último barco, de Domingo Villar, es posible decir que en ella se abordan los secretos profundos del ser humano; indaga en la clandestinidad de sus personajes para mostrar al lector que todos, de una u otra forma, guardamos pasiones que escandalizarían o devastarían a nuestros seres más allegados… y ese también es nuestro derecho. Villar retoma la figura de Leo Caldas, protagonista de Ojos de agua y La playa de los ahogados, un detective que ahora se ve involucrado en la búsqueda de Mónica, la hija de un médico de la región de Moaña en Pontevedra. Aunque no lo acepte del todo, las novelas del autor gallego, desatan con su narrativa escenas que es necesario apreciar más allá del papel, escenas que se traduzcan en imágenes en movimiento y capturen como el noir clásico la esencia de su época. Caldas es un personaje parecido en determinación mas no en acciones, a Anton Chigurh de la novela No Country for Old Men de Cormac McCarthy, un ser apacible en el exterior, pero con una personalidad interna revolucionaria que por el cumplimiento de su deber es capaz de navegar lo mismo mar adentro que surcar los bosques y desiertos.

Domingo Villar entreteje y desmenuza las posibilidades del drama paso a paso, es un escritor paciente que seduce al lector para llevarlo lentamente al laberinto de sus tragedias que nos agobian y obligan a estudiar con detenimiento.

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Páginas de espuma y Juan Casamayor

JUAN SOTOMAYOR

La editorial española Páginas de espuma recientemente fue reconocida con el Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2019, en España; galardón que distingue la ardua labor de Encarnación Molina y Juan Casamayor, a lo largo de 20 años ininterrumpidos de trabajo que hoy rinde frutos y elimina las fronteras literarias entre continentes

 

HUGO ALFREDO HINOJOSA

Para mantener con vida una editorial independiente se necesita una pasión desmedida que trascienda a la palabra impresa, a los sueños en todo caso. Las gestiones de presupuestos y los derechos de autor, la distribución y la apuesta editorial misma, son tópicos que pueden llevar al fracaso un proyecto literario que pretenda dar a conocer nuevas voces (o rescatar a escritores olvidados), cosmovisiones y vanguardias literarias para este nuevo siglo. A lo largo de 20 años, la editorial española Páginas de espuma se ha encargado de acercar a los lectores al mundo del cuento, esa síntesis de universos imaginativos que se abren paso en el mercado editorial hispanoamericano.

Durante este largo periplo en el universo literario, tanto Juan Casamayor como Encarnación Molina, tuvieron claro al fundar el sello editorial que apostarían por la literatura de calidad, por supuesto, sobre todo por el cuento como el género abanderado de la editorial para hacer frente al mercado predominante de la novela por encima de otra literatura.

Páginas de espuma es un proyecto que podríamos equiparar con el de Harriet Monroe y su revista Poetry, un parteaguas en la manera de percibir el mercado literario a principios del siglo XX en Estados Unidos, plataforma que publicó en sus páginas, abiertas a todo público lector y con aspiraciones literarias, a poetas históricos como T.S. Eliot, Ezra Pound, Langston Hughes y John Ashberry, voces que forman parte de la literatura universal.

En este sentido la editorial concentra a las voces fundamentales de la narrativa contemporánea de Hispanoamérica como Jorge Volpi, Socorro Venegas, Enrique Serna y Samanta Schweblin, entre otras.

Tuvimos la oportunidad de conversar con Juan Casamayor durante su visita a la Ciudad de México, región fundamental de este proyecto editorial que conquista el mercado en ambos lados del Atlántico, con el objetivo de descubrir nuevas voces que enriquezcan el catálogo. Casamayor rompe con el estereotipo del editor sobrado, es un hombre sencillo que escucha, atiende y tiene una claridad con respecto a su labor como lector profesional. El editor arriba en México para celebrar las primeras dos décadas Paginas de espuma, un sello como pocos ocupado también en la compleja labor de crear lectores, de ir a las escuelas y dialogar con los jóvenes sobre la literatura contemporánea, el futuro está en esas aulas donde el papel aún puede triunfar por encima de la palabra digital.

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La victoria del traidor americano

La victoria del traidor americano

 

¿Qué ocurrió la noche del 25 de febrero de 1964 en Miami Beach? La pelea del joven Cassius Clay con el campeón Sonny Liston acaparó la atención de los medios por la personalidad excéntrica del retador y, con su victoria, significó la llegada del nuevo monarca al mundo de los más grandes.

 

HUGO ALFREDO HINOJOSA

 

Hace 55 años, las personas de raza negra en Estados Unidos perdieron el miedo a la represión política y social convirtiendo su voz en un estandarte contra la guerra y el racismo, lo que hace eco en el presente. Aquella fue una época de revoluciones pasajeras, que dejaron traumas marciales aún vigentes; fue el momento de la paz simbólica diluida entre música, protestas y alabanzas, ideologías que abrieron la puerta al surgimiento de los ídolos, nombres inolvidables que dialogan con nuestra añoranza pasajera, en todo caso en la eternidad.

El boxeo es matemática pura que disecciona el movimiento del cuerpo, la resistencia y el corazón, un sueño por la supervivencia que pone en marcha a toda esa maquinaria para salir victorioso de la batalla, o para abrazar al contrincante en caso de perderlo todo. El boxeo es un arma política que despierta la pasión de las masas, unifica pensares y rechaza a quienes no descubren en la pelea el sentimiento más puro del éxito a través del esfuerzo indiscutible. En esto coinciden casi todas las culturas: una batalla mano a mano es la consumación de la verdad a la vista de todos, donde la mentira no tiene pilares.

Cassius Clay, Cassius X y Mohamed Ali son los nombres del boxeador olímpico que conquistó el oro en Roma, en 1960, y a sus 18 años el joven de Louisville, Kentucky, se convirtió en portavoz de una generación de afroamericanos dispuestos a reclamar sus derechos. A su regreso a Estados Unidos, sumó nombres a las victorias de sus puños, desde Sonny Banks y Billy Daniels hasta el veterano Archie Moore, a quien derribó en tres ocasiones en el tercer asalto, para ganar por nocaut técnico en el cuarto; nombres que le abrieron el camino para optar por el cinturón de los pesos pesados en 1964.

Charles “Sonny” Liston, el primer campeón de la CMB, era un toro bragado, un hombre ni tan salvaje ni tan cruel como su careta, era el hombre negro típico, y no estúpido, de aquella época en la que ser campeón del mundo no trascendía, porque no era ídolo de los blancos sino del hombre negro, según escribió James Baldwin acerca del púgil. Sobre Liston caía una tarea primordial que debía cumplir al pie de la letra: silenciar al olímpico que, paradójicamente, era un gran producto mediático porque les facilitaba el trabajo a los periodistas de la época.

Liston estaba destinado a ser el ídolo de los blancos luego de derrotar por segunda ocasión a Floyd Patterson en 1963, la gloria inesperada. Un vuelco del destino para John F. Kennedy, quien sufrió con ese fracaso, ya que Patterson, campeón olímpico en 1952 en Helsinki, jugaba un mejor papel para controlar a la opinión pública con respecto a los afroamericanos que el expresidiario Liston; no obstante, la historia tomó otro rumbo.

Cassius Clay era la encarnación del traidor contemporáneo para los blancos protestantes. Fue el negro exitoso, el alumno de Malcom X, el joven prodigio del líder musulmán Elijah Mohamed, un rebelde que negaba al cristianismo hipócrita que con su discurso contribuyó a esclavizar a la raza negra en Estados Unidos y el resto del mundo; él se convirtió al islam y renegaba y criticaba la política de guerra en Vietnam. Tanto la opinión pública, como los políticos y la clase conservadora estadounidense deseaban una sola cosa: cerrarle el hocico a Cassius Clay… para siempre.

La pelea de la revolución

El 25 de febrero de 1964 por la mañana, se dio la primera batalla en la báscula entre Clay y Liston: gritos, risas, el ruido de las cámaras acababan con la paz y la concentración que ambos peleadores debían tener, pero tal vez esa siempre fue la estrategia de Cassius: amedrentar a Liston frente a los periodistas de más de 17 países que llegaron hasta Miami Beach para presenciar la pelea. Liston estudiaba a su presa en silencio, sin rencor. Ganarle a Clay significaba tener la gloria política a su lado, la comida asegurada para él y tal vez alguno de sus 24 hermanos de sangre.

La pelea estelar entre Cassius Clay y Sonny Liston fue narrada por Joe Louis para la cadena de televisión Theatre Network Television y Rocky Marciano fue el comentarista para la radio. Desde el inicio de la pelea, Clay acorraló a Liston y comenzó a vulnerarlo, aunque los puños del joven boxeador parecían no lastimar al veterano. Para el tercer asalto, Cassius logró abrir el pómulo de Liston y así comenzaba la caída del campeón del mundo, lo que aclaró la profunda duda de los periodistas que decían: Liston tal vez jamás sangrará. Hasta el quinto asalto la pelea fue incierta, los rounds se repartían entre ambos púgiles que no cedían.

Aunque los especialistas difieren, la pelea la ganó el entrenador de Cassius Clay, Angelo Dundee, quien no cedió a las órdenes de Clay: quitarle los guantes después de que en el quinto asalto quedó ciego por algunos segundos. El entrenador lo animó y la pelea entró hacia el sexto round y, para el séptimo, Sonny Liston se negó a seguir, argumentando que se había lastimado un hombro, lo que provocó la furia del público y el repudio de los blancos en Estados Unidos.

Cassius Clay, aún sobre el ring, después de haber vencido, gritó: “Soy el más grande”, ni Marciano ni Louis podían negarlo… Al día siguiente de esa victoria cambió su nombre a Cassius X y después a Mohamed Ali. Años más tarde, en 1967, fue condenado a prisión por no querer participar en la guerra de Vietnam. Su postura política fue la bandera de muchos otros afroamericanos para luchar contra la opresión, el boxeo fue en ese momento una herramienta política y un camino para la redención. Sonny Liston fue uno de los grandes campeones de la historia, un hombre sin fecha de nacimiento que murió en 1970, como el hombre que le regaló la voz a Ali.

 

Publicado originalmente en ContraRéplica.

 

 

Bernard-Henri Lévy, la senda del populismo contemporáneo

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El filósofo y cineasta francés encarna la figura de renacentista conceptual que define los debates políticos, sociales y artísticos de este tiempo, donde la verdad no es sino una moneda de cambio entre ideologías que dan paso a guerras sin fin en medio del capitalismo y el populismo, sin duda vigente y arraigado en nuestras culturas, sin importar la diferencia cuasi-inexistente entre oriente y occidente.

 

HUGO ALFREDO HINOJOSA

 

Voltaire, el buen maestro de la naturaleza humana, escribió hace más de dos siglos Cándido o el optimismo, una sátira divertida por su ingenio filosófico y el irónico destino del héroe que acciona bajo la premisa idealista, en demasía religiosa, del alemán Leibniz que reza: “[éste] es el mejor de todos los mundos posibles”. Esa obra literaria, por demás sardónica, narra cómo el sufrimiento humano forma parte de la cotidianidad, de la violencia ejercida en este mundo por los demás, y en ocasiones por nosotros mismos, jueces y verdugos, navegantes entre ideologías, religiones, conflictos bélicos, económicos, además del beligerante y latente mundo digital. Hoy las sociedades son el Cándido solitario que vaga en búsqueda del mejor mundo posible, sin destino, entre ideologías que moldean el surgimiento de modelos aparentemente recientes, enemistados con su pasado y que deberán errar de nuevo, hacia un futuro de reproches por el presente.

Bernard-Henri Lévy, fue parte de la generación de los llamados Nouveaux philosophes français de mediados de los años 70, donde participaron André Glucksman, Christian Jambet y Guy Lardreau, opositores al totalitarismo europeo del momento, que tuvieron en Michel Foucault, Gilles Deleuze y Félix Guattari, interlocutores y puntos de partida para renovar la filosofía crítica arraigada en el canon francés de los años sesenta.

Aquél núcleo no fue una corriente del pensamiento en sí. Bernard-Henri Lévy lo definió como un grupo filosófico independiente que no compartiría doctrinas sino libertades del intelecto, para explorar horizontes novedosos en ruta hacia el fin de siglo, para hacer de las ideas campos fértiles que sedujeran a toda una generación nacida bajo la sombra de la tecnología ya en proceso de revolución y la resurrección del populismo.

Tres semanas previas a nuestro encuentro en la Ciudad de México, en el Foro de la Democracia de Atenas 2019, Bernard-Henri Lévy debatía con el estratega político estadounidense Stephen Bannon, responsable de llevar a la presidencia a Donald Trump, sobre las problemáticas del surgimiento del populismo y el nacionalismo en diferentes partes del mundo, sin contemplar, por supuesto a Latinoamérica ni a otros países en vías de desarrollo. En ese encuentro Lévy cuestionó a Bannon sobre el abandono y rompimiento de los lazos de amistad de los Estados Unidos y Donald Trump con el pueblo kurdo, cuyos Peshmerga (el ejército kurdo) lucharon para liberar a medio oriente de la presencia del Estado Islámico en la región, y para instaurar de nuevo la democracia perdida por el fanatismo religioso y radical del islamismo.

Bannon se limitó a decir que no estaba de acuerdo con Donald Trump, pero que sí veía en el surgimiento del populismo nacionalista el punto de partida para la creación de estados individuales fortalecidos contra la unión de regiones oligarcas (el partido del Foro de Davos, lo llama), haciendo alusión al momento histórico de occidente. Ante estas declaraciones, podríamos entender cómo el pueblo kurdo es la primera víctima política de la resignificación de la democracia populista y polarizante en Medio Oriente donde aparece Rusia, como padre protector sin serlo, ante la retirada de Estados Unidos del panorama geopolítico. La lógica de Bannon es curiosa en su obviedad, pretende ayudar a la generación de estados independientes que, tarde o temprano, cometerán los mismos errores autócratas, económicos, racistas y bélicos que ahora repudia, pero abanderados bajo el concepto de democracia del bienestar mundial. No obstante, el bien común para un pueblo cimentado sobre la idea del nacionalismo, conlleva a la intriga, a los malos pensamientos en su adorada soledad, a la guerra tarde o temprano.

 

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La verdad al servicio del espectáculo político

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Durante más de tres décadas Michiko Kakutani fue la crítica literaria más temida de Estados Unidos, sus enfrentamientos con diversos escritores de culto fueron míticas y hoy, con la publicación de su primer libro titulado La muerte de la verdad, hace una mordaz lectura del gobierno de Donald Trump y el resurgir del populismo mundial.

Hugo Alfredo Hinojosa

En París, a finales del siglo XIX, el escritor y simbolista francés Alfred Jarry estrenó su Ubu Rey, una obra medular y vanguardista de la historia del teatro europeo. La aparición de Ubu sobre los escenarios ocasionó el repudio literario de los críticos y el aplauso del público deleitado por la sorna política del inolvidable personaje que encarnaba a los protagonistas más despreciables de William Shakespeare, además de otros íconos relevantes de ese momento histórico en Francia.

Es justo con este ser simbólico del dramaturgo francés que Kakutani, otrora crítica literaria del New York Times, inicia su análisis del manejo y desaparición de la verdad en tiempos de Donald Trump: un Ubu Rey de carne y hueso que tiene como escenario al país más poderoso del mundo. Una nación poderosa a pesar de que el protagonismo geopolítico estadounidense va en declive, gracias a las estrategias de gobierno al más puro estilo del show business, el verdadero campo de acción del presidente de los Estados Unidos.

La muerte de la verdad, de Michiko Kakutani, plantea un panorama desalentador en torno a la pérdida de la democracia a partir de la corrupción de la verdad que no corresponde más a hechos verificables (la ciencia en todo caso ha perdido la batalla contra la sabiduría popular). En cambio, atiende a las necesidades partidistas del discurso político de gobernantes y líderes de opinión que definen una agenda de trabajo en aras de controlar a los seres “pensantes” (ese producto activo para las boletas electorales), sin importar ideologías ya sean de extrema derecha o de izquierdas radicales.

La reflexión de Kakutani retrata a la perfección las tendencias populistas de Latinoamérica y otras latitudes donde gobiernan figuras autócratas en potencia, que hacen del discurso su mejor arma para generar odio hacia el pasado inmediato como lo hace Donald Trump, Andrés Manuel López Obrador y Nicolás Maduro. Todos ellos son mandatarios que hacen de la palabra su única estrategia para gobernar sin otro plan maestro que el discurso sensiblero por encima de la lógica, verdades a medias que lentamente se convierten en tradición que se enseña a las nuevas generaciones perdidas en ese extraño y validado universo de verdades múltiples e irracionales.

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Peter Brook, la rebelión del canon

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Más de seis décadas de trabajo escénico respaldan la obra del director inglés, ícono de una época de revoluciones escénicas que dieron rostro al teatro contemporáneo, y que hoy es reconocido con el Premio Princesa de Asturias de las Artes 2019.
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POR HUGO ALFREDO HINOJOSA

 

En la enseñanza de las artes no hay secretos. Es una máxima que ronda los pasillos, las tablas y las hojas en blanco que se rehúsan a contar historias sin la mano del escritor. La tarea de crear y esculpir una pieza artística a partir de la nada es compleja, sin fórmulas, que algunas generaciones decimonónicas de maestros y eruditos se atreven a negar vendiendo, cual sofistas, poéticas vacuas. Es común escuchar a diversos creadores escénicos modernos, dramaturgos-directores-actores, hablar de sistemas, arquitecturas e ingenierías creativas, “nuevos lenguajes”, de símbolos inocuos aunque “arriesgados en el discurso”, que al trasladarlos a la escena caen en la banalidad artística, incapaces de transformar sus discursos en acción concreta. Las artes escénicas están plagadas de falsos profetas que dan cátedras y enseñan la acrítica, propia de nuestra cultura, a las nuevas generaciones.

 

Entre los primeros libros que hay que leer para adentrarse en el mundo del teatro está El espacio vacío de Peter Brook (Londres, 1925), aunque ha sido malentendido en su lógica. Mencionarlo es un clisé imperdonable para un renegado vanguardista del siglo XXI; no obstante, la obviedad propicia el olvido de lecturas que, con el paso del tiempo, tendremos que retomar para fortalecer la formación teórica en el estudio de las artes escénicas e inclusive cinematográficas, pues los principios del drama son válidos para ambas arenas creativas. Los otros autores de cabecera [sumamente necesarios] son Aristóteles, Esquilo, Sófocles, Lope de Vega, Cervantes, Molière, Diderot, Shakespeare, Marlowe y Goethe, Dostoievski y Tolstói, aunque la lista es interminable. Las estructuras y lecciones de inventiva ya están en las obras de éstos, lo único que debemos hacer para interpretarlas es releer y pasar a la práctica más tarde.

 

Peter Brook, a la par del director polaco Jerzy Grotowski, merece un lugar privilegiado entre los pensadores de la escena contemporánea mundial de la segunda mitad del siglo XX, época convulsa entre movimientos sociales de derechos humanos, estudiantiles, la aletargada posguerra y las batallas de ese presente en Vietnam, además de la complejidad geopolítica europea y estadounidense. Brook fue un crítico férreo de los conflictos bélicos, de las masacres; basta con revisar su documental Benefit of the Doubt, de 1967; un activista que, desde las artes, escudriñó los discursos nacionalistas tanto de Inglaterra como de Estados Unidos, potencias hermanadas por la economía y la dialéctica de la conquista, ambas inventoras de batallas en el extranjero.

 

Olvidemos por ahora las puestas en escena representativas de Brook, pues sería falaz mencionarlas sin haber presenciado su trabajo escénico sino hasta 50 años después de su cumbre creativa. En su obra cinematográfica, libros y visión política podemos ahondar en el presente (y merece la pena intentarlo) para razonar la historia tradicional y posdramática del teatro que conocemos hoy día, ya exhausto y solipsista por el exceso discursivo.

 

El director inglés pertenece a una generación de creadores que propusieron rutas de conocimiento para representar, en el sentido aristotélico (y no), los arquetipos de la miseria humana volcados en la lengua de guerra. Esta miseria no era propia únicamente de la potencia norteamericana como perpetradora de masacres, sino también de todo occidente y sus ideologías edificadas sobre valles de caídos y la sangre de soldados desechados entre selvas, bosques y tundras, el desierto vendría más tarde a ser noticia. La guerra es un concepto innegable y materia prima para las artes de ese momento histórico, para esa generación idealista que murió pronto y nos heredó sus reductos dialécticos: así como nosotros legaremos a nuestros hijos la debacle climática y tecnológica, excelentes retóricas para el principio del siglo XXII.

 

Que se le conceda a Peter Brook el Premio Princesa de Asturias de las Artes 2019 no es una sorpresa, el reconocimiento llega tarde pues lo merece, sobre todo, por su rigor analítico-sensible, por sus reflexiones que han colmado miles de páginas de libros que analizan su obra, ya alejada de la envejecida teoría del drama moderno aún discutible, aunque formó parte del principio de esa ruptura estética e ideológica sin nombrarla que inaugurara Jean-François Lyotard desde la filosofía.

 

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Peter Handke: la vía posmoderna de la tragedia política y la verdad

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Galardonado con el Premio Nobel de Literatura 2019Peter Handke forma parte de una generación de escritores en lengua germana que hizo de la política parte medular de su obra, de su crítica al solipsismo eurocentrista colmado de ideologías salvajes y guerras latentes

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POR HUGO ALFREDO HINOJOSA

Hace más de 20 años llegó a mis manos un libro deshojado, sucio y tal vez carcomido por las ratas, un tanto enmohecido, titulado El peso del mundo. Un diario 1975-1977 (Laia 1981; Barcelona) de Peter Handke. Era un tomo que, entre aforismos, narraba un peculiar universo que me apasionó y me llevó a conocer más tarde la obra dramática y narrativa del austriaco. Fueron las palabras, el caos de esa sintaxis lúgubre, pero eficaz, el mayor descubrimiento que intentaría replicar.

Previo a Handke, leí la crudeza de Heiner Müller, Thomas Bernhard, Botho Strauss y Peter Weiss, autores considerados posmodernistas, aunque debatible según la postura filosófica y socio-política de todos, que respondían a un perfil inquietante e ilustrado: eran escritores de teatro, cine, novela, ensayo y poesía, sin limitantes, sin estructuras rígidas que retaban al lector romántico. Strauss, en su libro Crítica teatral, las nuevas fronteras (Gedisa 1989), se mofa de los estudiosos y de los gremios artísticos que clasifican a su generación como posmodernista sencillamente porque ellos “sólo escribían” sin saberse parte de un momento histórico-filosófico-literario en los años 60. Fueron los críticos quienes idealizaron esa literatura sin correcciones políticas, hoy tan peligrosas.

Handke, como heredero de la posguerra, fue ese animal rabioso y tímido que hizo de la literatura una vía de escape frente a la política estática del momento, que pretendía negar la herencia bélica inmediata, arando atajos que condujeran a la sociedad germana de la segunda mitad del siglo XX hacia la pasividad industrial extrema como negación del holocausto, aquí una clave. El Grupo 47, entre los que se encontraban Günter Grass, Heinrich Böll y el crítico Marcel Reich-Ranicki, descubrió en Peter Handke una voz elocuente, al joven escritor que deseaba apartarse del romanticismo literario, que utilizaba la palabra misma para renovar el canon academicista germano del momento, esto es, la confrontación por medio de la literatura comprendida fuera de las definiciones progresistas de la novela y la poesía.

Para comprender el trabajo del escritor austriaco debemos hacer una revisión obligada de su herencia literaria y filosófica, de su narrativa desordenada que deriva en la construcción de realidades provocadoras, aptas para una generación de lectores alejados del atavío de las teorías literarias. Handke fue un gran lector de Franz Kafka, Ludwig Wittgenstein, Friedrich Hölderlin y Roland Barthes (el aprendizaje de las estructuras), de Goethe por encima de todos; al revisar esta auto-tradición entendemos el desarrollo de su escritura desde el lenguaje, la herramienta primordial por encima de la ficción encasillada. El modelo del escritor revolucionario para Handke es Hölderlin y retoma de éste la forma cuasi matemática y metafórica de su poesía, como raíz para experimentar como narrador, poeta y dramaturgo. Es decir: la palabra como eje rector del drama más allá de la inventiva.

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Jorge Herralde y la palabra en el tiempo

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Durante más de 50 años, el editor de Anagrama se ha dedicado a descubrir a escritores excepcionales de todas las latitudes que forman parte de la historia de la literatura internacional. Hoy y sin fecha de retiro Jorge Herralde nos habla del pasado y presente de la editorial independiente más representativa de España y América Latina.

POR HUGO ALFREDO HINOJOSA

Como lector apartado de la capital del país descubrí los libros amarillos de Anagrama en una librería, sin novedades a la mano, de Tijuana en los años 90. En principio me gustó la uniformidad de los tomos crema, esa oleada de títulos y autores desconocidos para mí como Hans Magnus Enzensberger y Thomas Bernhard, ediciones todas descontinuadas que aún seguían a la venta. Estos escritores fueron guías de lectura sin iguales que me ayudaron a descubrir literaturas alejadas del romanticismo de América Latina, lo único que se enseñaba en la Universidad. Más tarde llegaron a mis manos las obras de Gilles Deleuze y Felix Guattari, de W.G. Sebald y Giorgio Colli, en las tonalidades grises de la colección Argumentos, al tiempo que la filosofía se abría paso entre mis intereses alejados de la literatura.

 

Un libro, para quienes crecimos alejados del centro del país, por trillada que parezca la idea, suele ser un oasis que nutre de posibilidades infinitas a un lector primerizo que paso a paso crea y da forma a su propia tradición literaria e ideológica por encima del canon de su pueblo. Aquellas fueron las primeras lecturas en español, luego de leer durante años a otros tantos autores en inglés porque así era en la frontera. Y no parto del ninguneo de mis orígenes sino de una condición de vida que me acercó a Philip Roth antes que a Juan Rulfo. Anagrama, esa acorazada editorial catalana y su editor Jorge Herralde, durante más de cinco décadas se han encargado de conquistar las rutas imaginativas de un sinnúmero de lectores que hicieron de este sello su guía hacia el conocimiento literario, político y social contemporáneo, que necesita constantemente de una hermenéutica filtrada a través de la pluma de los pensadores más representativos de la historia en presente. Herralde, el hombre afable y negociador imbatible, lo ha conquistado todo, al parecer, con su editorial. Tan solo en los últimos años ha recibido galardones como el Mérito Editorial de la Feria del Libro de Guadalajara en México; el Premio Nazionale per la Traduzione del Ministero per i Beni Culturali, en Italia; y la distinción Oficial de Honor de la Excelentísima Orden del Imperio Británico, entre otros. Reconocimientos justos, aunque injustos a la mirada de otros tantos detractores, a la vida y obra del también escritor que encontró en la literatura una morada para huir un poco de la realidad, aunque la literatura jamás la franquea. Aquí retomamos un poco del pensamiento de Jorge Herralde quien en sus propias palabras expresa los inicios y el presente de Anagrama, empresa que le ha llevado la vida consolidar, y que hoy entra de lleno al mercado digital sin temores en esa barcaza construida en letras y memorias.

¿Qué habría hecho Jorge Herralde de no haber sido editor?

Lo formularía de otra manera. No estaba destinado a ser editor: familia en la industria metalúrgica, estudios de ingeniero industrial que terminé sin la menor vocación mientras era un lector voraz. Durante años tuve proyectos y fantasías editoriales hasta que por fin decidí empezar yo solo Anagrama, contra viento y marea, y desde entonces, por decirlo de una forma enfática (e incluso cursi), me sentí instalado en la felicidad, en la Tierra Prometida, etc. etc.

Tomando en cuenta sus estudios, ¿es la literatura y la edición otra forma de ingeniería más o menos exacta? De pronto pareciera que la escritura, ese pulir de la palabra, y la edición de un buen libro necesita de precisiones perfectas.

Acepto agradecido la hipótesis de la precisión perfecta para evitar pensar que todos aquellos años de estudio fueron una total pérdida de tiempo.

¿Cómo influyó la censura de Francisco Franco en el panorama editorial de la España de los años sesenta y mediados de los 70? ¿Cómo se vivió el fin de esta censura, por lo menos Anagrama?

La censura de Franco fue brutal, sin escapatoria, desde sus inicios hasta la llamada Ley Fraga de 1966. Antes, los libros conflictivos no tenían ni la oportunidad de ser secuestrados, se prohibían previamente.

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Paul B Preciado, una voz anarquista en la modernidad

 

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Photo Léa Crespi

 

El discurso de género es medular en nuestra sociedad contemporánea, para entender una nueva realidad humana e innegable, en un siglo que será necesariamente revolucionario

Por Hugo Alfredo Hinojosa

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Con la reciente edición de Un apartamento en Urano, Paul B. Preciado retoma su universo conceptual y estético, para hacer una crítica a la modernidad y al mundo digital, así como a las tendencias sociales, políticas y religiosas llenas de atavíos ideológicos, vueltos fronteras que habitamos entre vaivenes de significados, como prisiones modernas llenas de falsos culpables. Con la aparición de sus libros Manifiesto contrasexual (Anagrama, 2002), Pornotopía. Arquitectura y sexualidad en Playboy durante la guerra fría (Anagrama, 2010), el filósofo español y voz indiscutible de las discusiones de género contemporáneas, cuestiona las lógicas binarias y patriarcales de occidente que han reinado a lo largo de nuestra historia milenaria y que hoy, en vísperas de una revolución de catástrofes ambientales y paraísos tecnológicos sin control, se rehúsan a modificarse.

En este libro el filósofo aborda los temas y las preocupaciones medulares de la sociedad contemporánea, a la que considera de mentalidad decimonónica por abominar el discurso de género y la modificación del cuerpo, ese anticuado receptáculo de la divinidad. Con cada uno de sus ensayos hace una crónica que captura su viaje íntimo durante la reasignación de sexo, un cambio de paradigma, de protocolo personal irrepetible que forma parte también de este paraíso salvaje que es el mundo. Esta conversación narra algunos de los temas fundamentales que ocupan el cuerpo teórico de Paul B. Preciado, que hizo de la ruptura de estándares clásicos del pensamiento una vía hacia un nuevo saber que debe discutirse.

Hace un par de años Margaret Atwood declaró que la maternidad no deseada e impuesta por la moral del estado y la sociedad, es una forma de esclavitud hacia las mujeres. ¿Qué beneficios obtiene el estado sobre el cuerpo de la mujer y el producto, los recién nacidos?

La reducción del cuerpo de lo que históricamente hemos llamado mujeres, al útero con su función reproductiva, es la base de la explotación económica y política patriarcal. Cuando hablamos de la historia del capitalismo siempre hablamos de la máquina de vapor o de la industria textil, pero la mujer como útero es la máquina viva central del capitalismo. Mis colegas Toni Negri, Maurizio Lazzarato o Moulier Boutang hablan ahora de capitalismo cognitivo y ponen en el centro del proceso productivo la función semiótica, la producción de conocimiento. Pero el centro oculto del produce productivo capitalista global es la reproducción sexual y por eso las mujeres son objeto de violencia, desposesión y expropiación. Hasta que no liberemos los medios de reproducción de la vida, no podremos cambiar el capitalismo. Quizás se necesite una huelga mundial de úteros gestantes, una huelga de trabajo gestacional. En algún momento tendremos que decir basta a la farsa heteropatriarcal.

¿Qué valor tiene el cuerpo y la inocencia de los niños para un estado tecnopatriarcal? ¿Y qué podemos esperar de esta generación de recién nacidos que en 20 años serán voces de peso social?

No me interesa el niño idealizado como inocente. Del mismo modo que no me interesa la mujer idealizada como dócil o la madre como nutriente o amante. El niño es interesante como lugar de lo infra-político, cuya agencia y libertad no son reconocidos. En nuestras sociedades el niño no existe como sujeto político. Existe únicamente como objeto de la represión, del control y de la normalización, como objeto del mercado, al mismo tiempo que es utilizado instrumentalmente por las campañas religiosas o de extrema derecha para potenciar políticas anti-aborto o de restricción de libertades sexuales. ¿Cómo es posible, por ejemplo, que nos conformemos con el voto a los 18 años en sociedades democráticas? ¿Si una adolescente de 16 años no tiene derecho a abortar, por qué carecería de derecho a votar? Me interesan los límites de la política tradicional: la rebelión de los niños y los viejos, de los adolescentes, de los tullidos y los tarados, de esos a los que la política tradicional ha retirado agencia.

¿Es un niño, adolescente o joven adulto queer un agente de violencia contra la fe religiosa sin importar la secta? ¿En este caso podría la iglesia transformarse para controlar inclusive esta naturaleza humana?

La iglesia no ha hecho otra cosa durante siglos que domesticar la agencia del cuerpo vivo, extraer potencia de vida de los cuerpos. Esta tarea comienza desde el momento del nacimiento, con la asignación de un sexo y de un nombre y no ceja hasta la muerte. La iglesia ha tenido una función estratégica en el patriarcado capitalista traduciendo la reducción del cuerpo femenino al útero y dando al cuerpo masculino legitimidad soberana. Silvia Federici ha analizado bien la importancia que tuvo para el despegue del capitalismo la erradicación de los saberes femeninos y paganos, así como de las prácticas africanas a través de la Inquisición. Esa tarea de expropiación y desautorización de cuerpos y saberes continúa hasta el día de hoy. Pero es una tarea que la iglesia o las iglesias no realizan solas. El Estado y las instituciones familiares y educativas persiguen el objetivo de transformar el deseo ingobernable de la infancia en un sujeto político dócil. Pero desde finales de la segunda guerra mundial estamos en una situación relativamente distinta. El mercado y los medios de comunicación se disputan ahora la tarea de domesticar y extraer capital vivo del cuerpo frente al estado y a los agentes disciplinadores tradicionales (Iglesia, estado e instituciones). El gran reto político de nuestro tiempo es inventar un organismo colectivo anarco-libertario, una gran alianza de cuerpo vivos más allá de las identidades impuestas por el capitalismo heteropatriarcal y colonial, que haga frente tanto al mercado como al estado, porque de otro modo nos encontramos como cuerpos individuales frente a las fuerzas predadoras de esas dos potencias de extracción de vida

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