De ese día, la lluvia

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Este cuento se publicó en el libro MANO DE OBRA, relato breve MMVII.

Aquí un fragmento.

¡Y otra más!

JUAN RULFO, El gallo de oro

Sábado / 7:42 pm

El que tenga miedo que se raje de una buena vez, dijo Carmelo antes de topar los gallos. Ni el peón de Zambada ni yo dijimos una palabra. Después de escuchar a Carmelo apretujé mis muletas, tomé al Rubio y le amarré la navaja a su pata izquierda, justo arriba del espolón. El Rubio del Güilo Díaz contra el Rojo del Pepe Zambada, gritó alguien y corrieron las apuestas. Al topar los gallos sentí que la piel se me erizaba por el movimiento acelerado del pecho del Rubio. Suéltenlos, gritó el juez. Los gallos comenzaron a rajarse las plumas primero, luego la carne viva, se desgarraban trenzados en el aire, a veces revolcados en la cal. Afuera un trueno anunció la lluvia.

Sábado / 9:36 am

Pasado el frío de la mañana, mi madre dijo que no teníamos nada que comer. Señaló a los corrales y nada, sólo el gallo que dejó mi padre antes de morir se paseaba entre las alambradas que dividían los corrales de la huerta donde la cosecha se había podrido. El problema es que si nos comemos al Rubio, mañana no vamos a tener nada, igual que ahora, musitó mi madre, guardé silencio. Más tarde fue a la casa de Doña Lidia y le pidió algo para el desayuno; consiguió unas papas que revolvió con un huevo. Hay que vender el gallo, me dijo, moví la cabeza negando su ocurrencia y seguí lamiendo mi plato. No hay otra opción, repitió, volví a negarme. Ni mis hermanas se interesaban por nosotros. No las culpo, yo hubiera hecho lo mismo.

Sábado / 8:15 pm

Con mi gallo ensangrentado y los chiflidos de la gente sobre el lomo, salí del círculo rumbo a la calle. El corazón del Rubio palpitaba con fuerza. Afuera la lluvia arreciaba y yo esperaba en una banqueta de lodo a que se calmara la noche. El río debe haber subido, pensé, ¿cómo pasar?  El corazón del Rubio me calentaba el pecho y  me hacía sudar de tal manera que confundía el sudor con la lluvia. Ya a la orilla del río quedé quieto, veía cómo la corriente arrastraba piedras y árboles. Si entierro las muletas hasta el fondo, la corriente no me arrastra y puedo llegar a la casa al amanecer. El Rubio asomaba su cabeza y rehuía de la lluvia, sus ojos rojizos parecían derramar una que otra lágrima.

Sábado / 11:00 am

Después del desayuno mi madre buscó entre su ropa algunas alhajas. Le recordé que no encontraría nada porque muchas de sus joyas se las había dado a mis hermanas por aquello de la dote; las otras que quedaron las usó para enterrar a mi padre. Desistió la búsqueda y se sentó a mi lado. El sol casi llegaba al medio día y los dos descansábamos en el porche de la casa; a lo lejos mirábamos el campo y el río que nos separaba del camino que llevaba al pueblo. El Rubio se paseaba frente a nosotros, se contoneaba como un viejo que espera la muerte; nos veía y parecía despreciarnos. Picoteaba el suelo, estoy seguro que también pensaba en el desayuno del día de mañana, algún grano qué picar. Y si peleamos al Rubio, dije. Ya está muy viejo, murmuró mi madre, lo matan a la primera; hay que meternos, ese es aire de lluvia.

Sábado / 5:47 pm

Había de todo en esa mesa, más pollo que carne, hacía tiempo que no veía tanta comida junta. El Carmelo dijo que el Rubio estaba muy acabado, que no pagaba nada por pelea, que nomás lo de las apuestas, y que mi gallo estaba viejo. Sonreímos y terminó por decir que no importaba. Tu gallo queda para las siete y media. Si tienes hambre, ahí hay comida. En cuanto se marchó me acerqué a la mesa. El Rubio me miraba con envidia y le di un pedazo de tortilla, ya con eso me dejó en paz. Después de todo yo no iba a jugarme la vida esa tarde. Y por qué no hacerlo, pensé, no estaría mal jugarse la vida y terminar en el traspatio del palenque en medio de la sangre de otros muertos, con las patas tasajeadas y los ojos negros, llenos de tristeza. Cavilé en amarrarme la cortaplumas a cualquiera de mis piernas y golpear las muletas hasta arrancarlas de tajo. Qué estupidez, hace hambre.

Sábado / 12:36 pm

Si lo vas a hacer, aprovecha que Don Trini va para el pueblo, masculló mi madre, ya ves que así como estás no llegas ahora. Le entendí de inmediato. Apreté las muletas a mis sobacos y fui por el gallo. No me costó trabajo agarrarlo, se dejó cargar tranquilamente.

Domingo / 1:00 am

Trago el agua de la lluvia, se me embarran de lodo las muletas y siento cómo las puntas golpean las piedras del fondo de la tierra. El cielo ennegrecido no da tregua; por lo menos el Rubio ya debe estar enterrado entre las piedras y el lodo que lleva la corriente. Pero a mí no, me digo masticando el agua, a mí no me destrozó, me dejó parado entre la noche y el hambre. A cada paso lento sobre el lodo se dibujan los rostros de mis hermanas, de mi padre bajo la tierra aguada. Las muletas se cubren hasta hacerse puntas de barro junto con mis piernas. Al llegar, lo más seguro es que mi madre una vez más irá con la vecina y le pedirá algo para tragar. Llegaré a la casa sin el gallo y ella me regalará una sonrisa. Sentados en el zaguán pensaremos en irnos sin movernos, en morir sin decir nada, sólo sonreír y ver los días caer y levantarse.

(…)

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One thought on “De ese día, la lluvia

  1. Alfredo? “wayne”?
    hey I wanna get in touch with you. I lost yetti’s #. sounds like you’ve been busy. I’m so proud of you… and wanna get back in touch.. send me an email or something. Once we’re connected I’ll give you my cell#
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