God I Love This Country

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Este cuento recibió el segundo lugar del Premio Nacional de Relato Breve 2007 y está publicado en el libro Mano de Obra MMVII. Aquí un fragmento.

1

Me llamo Pete. Pedro. Peter.

Mi clave de registro es la R-7C-B/USMC/63.

Charles me dio este nombre de apóstol.

¿Por qué el nombre de un traidor?, le pregunté varias veces.

Por qué no, contestaba con orgullo, era el mejor de todos.

Me hubiera gustado llamarme de otra manera.

Aunque no se me ocurre ningún nombre.

2

Llegamos a Estados Unidos en el cuarenta y cuatro, durante del apogeo de la segunda gran guerra. En ese tiempo, Anaheim era un rancho inhóspito y no esta ciudad envuelta en riquezas y turistas idiotas. Los primeros días los pasamos en la casa de un tío de mi padre. El viejo tenía una familia grandísima: una mujer regordeta y varios hijos llenos de porquería por los días de trabajo en el campo. A la semana nos mudamos a una choza de madera podrida a las orillas de la playa, donde cabíamos a la perfección mi padre, mi madre y tres hermanos. A las dos semanas nos metieron en una escuela para hijos de ilegales que unos pastores protestantes dirigían. Era un salón enorme donde estábamos juntos todos los grados escolares; aprendíamos con lentitud, a veces creo que no aprendimos nada. El atardecer en esa playa virgen era distinto al que había visto antes. En Tampico el sol nunca caía, nacía de entre las aguas. De este lado del mundo el sol se hundía ya cansado por su larga jornada.

Mi padre fue el primero en cambiarse el nombre: de Carlos a Charles, según para hacer las cosas más fáciles, luego mi madre y mis hermanos seguimos el ejemplo. Ahora, después de tantos años, supongo que fue un buen espectáculo para los rednecks ver nuestra piel morena con nombres sajones y un marcado acento mexicano a la hora de decir: Mom y Dad. Mi padre hablaba de dólares y no de pesos, de seasons y no de temporadas. La mayoría de las veces ni siquiera se relacionaba con los otros mexicanos de la fábrica donde trabajaba, decía que gran parte de ellos eran bestias inadaptadas a la sociedad. Nosotros no somos bestias, gritaba, no lo somos.

No alcanzamos la amnistía de la segunda guerra. Eso angustiaba a Charles porque, como indocumentados, no podíamos aspirar a una buena vida. Él y mi madre se ocuparon algunas semanas de pizcar la uva. Meses después mi padre encontró trabajo en una fábrica donde sellaba latas al vacío en las que se enviaba comida a los soldados en Europa. Mi madre eternamente abismada en cualquier cosa, aparte de la pizca, no se ocupaba de nada, dejaba las preocupaciones al hombre de la casa. Charles ganaba 17 centavos la hora, no alcanzaba para mucho, decía sentirse orgulloso; jamás, exclamaba, hubiera sentido tanto orgullo siendo un peón levanta sorgo en Tamaulipas. Durante varias semanas ahorró para comprarse una gorra con la leyenda USA. Luego consiguió una chamarra verde olivo con su nombre tejido al pecho y aprendió a decir: God I love this Country, frase que repetía a cada instante. God I love this Country.

3

Cuando asesinaron a JFK yo tenía diecinueve años, cumplí los veinte en las barracas del ejército. Recuerdo que los gringos estaban enardecidos por la muerte de su presidente y la guerra en Vietnam. La gente se movía de un lugar a otro preocupada por un supuesto ataque nuclear o por la invasión repentina de comunistas. Ningunas de las dos cosas ocurrieron, sin embargo era necesario amaestrarnos, darnos miedo. A los pocos días del asesinato de Kennedy, circuló la noticia de que los indocumentados que se reclutaran voluntariamente en el ejército serían naturalizados estadounidenses, después de cumplir con su tour. Mi padre enloqueció con esa noticia y un día después ordenó que me enlistara de inmediato. Ni siquiera es mi país, le dije. Discutimos y luego de una patada en los riñones, me recluté en el Army. A la mañana siguiente me ayudó a empacar un poco de ropa; me acompañó hasta las puertas del campo militar donde me dio un abrazo y después se marchó. Los MP’s me recibieron con supuesta alegría, abrieron las puertas del cuartel, me dejaron entrar y de inmediato me llevaron al peluquero. La cena fue divertida, había de todo menos güeros, esos, se decía, son maricones.

Una semana después estaba en Fort Polk, Louisiana. «Tigerland» como le llamaban a ese bosque muerto lleno de riachuelos; lo más parecido a Nam, decían los instructores de infantería. En ese lugar todos teníamos una etiqueta: los latinos éramos perros, los negros mierda y uno que otro amarillo colado era un yellow. Nos hacían pasar hambre, nos humillaban a gritos, combatíamos entre nosotros, había días en los que terminábamos hincados con el rifle en las manos sin saber que hacer; las lágrimas se nos escapaban dejándonos ese vestigio de lodo sobre el rostro. Ni las batallas fueron tan desgraciadas como el entrenamiento en ese campo. Durante mi estancia en Tigerland no dejaba de pensar en que mis hermanos estaban en casa, comiendo a gusto, cavilando a dónde irse el fin de semana con Mom y Dad. Dos meses más tarde nos mandaron a la guerra.

4

Yo era el único de piel clara en ese universo de negros y latinos amaestrados como perros. No había orden que no pudiéramos cumplir. Nuestro capitán de compañía era un judío sobreviviente de los campos de exterminio en Polonia. Era un güero pecoso, racista en todo caso, que usaba lentes oscuros porque decía tener ojos finos, llenos del tiempo pasado. Nunca supe a qué se refería con eso. Vamos a ganar, nos gritaba, a ganar, a ganar. Sí, sí, sí, le contestábamos dando gritos y riendo. La selva era húmeda y llena de pestilencia. En el cielo las aves habían cedido el paso a los helicópteros que navegaban dejando pelotones de infantería en el corazón de la jungla. Mientras la batalla no llegara, parecíamos estar de fiesta cubiertos de brisa y sopor.

Las ofensivas no tenían hora fija. Podíamos pasar semanas escuchando detonaciones sin objetivos claros. Tirar a matar, a lo que se mueva, nos ordenaban. Podíamos ver cómo las compañías empequeñecían con el paso de las semanas. Era común que se escucharan los gritos de hombres caídos en la acometida. Incluso el judío lloraba al estar en medio de tanta mierda. Terminó por morir amarrado a una palmera cercana a la playa. Mientras yo comía, luego de una ofensiva, imaginaba a Charles sentado después de la jornada conversando con sus amigos acerca de mi trabajo en Vietnam; seguro contaba historias de mis encuentros con el supuesto enemigo, rematando siempre con su frase imbécil. God, God, God… I love this country.

Las batallas te envilecen.

Me volaron de un solo golpe el miembro y los huevos.

Te mareas, escuchas cómo el cuerpo pierde aire.

Dejas de escuchar ruidos.

Después pierdes la conciencia.

Sentí un impacto en medio de los muslos, me derrumbé en el piso del helicóptero. La táctica de los amarillos era dejar que aterrizaran los halcones para luego derribarlos.

No me dolió, o por lo menos eso pienso ahora.

Al querer palparme la herida no encontré nada, sólo sangre, coágulos que bajaban por mi pantalón hasta manchar el suelo.

Desperté en Saigón.

5

Los primeros días en la clínica mantuve los ojos cerrados, sólo escuchaba voces que se perdían por los pasillos del lugar; voces de quienes me atendían, gritos de otros heridos.

Cada mañana el médico me pedía que abriera los ojos.

Me negaba. Él no insistía.

Aprendí cómo sueñan los ciegos.

Los sonidos que llegaban a mí durante el día, se repetían por la noche. Los gritos siempre se juntaban con las palabras dulces de las enfermeras.

Soñar con ruidos, sin imágenes.

Soñar ecos, simplemente.

Después de una semana de estar en ese lugar levanté un poco mi cabeza, abrí los ojos y me vi las puntas de los pies, después las piernas y por último las vendas que me cubrían el vientre. No di tiempo a las lágrimas. Dejé caer los parpados. Un mes después me atreví a ver la luz de nuevo.

Estuve internado seis meses.

La puta guerra no terminaba. Al contrario, aumentaban las filas de privates por aquello del draft. Llegaban nuevos heridos. Me regalaron un miembro de plástico, mejor dicho, una sonda amarillenta por donde se me escurrían los orines, y unos testículos de celulosa que metieron en un paquete de plástico dentro de lo poco que me quedó del escroto. El médico dijo que de esa manera no me volvería loco. Tiene una larga vida por delante y debe aprovecharla, comentaba como cualquier pastor protestante salido de la programación televisiva dominical. Con ayuda de dos enfermeras negras me sentaba sobre la cama y me lavaban el cuerpo cuidando no lastimarme. Ellas pretendían no prestar atención a mis heridas, sin embargo no podían negar que tenían enfrente un cuerpo castrado. Volteaba la cabeza, miraba a los otros heridos, un buen valle de mutilados, pensaba. Me ponía de pie y caminaba despacio hasta llegar a las inmensas ventanas que daban a la calle. Los aromas del día me recordaban las ganas de regresar a mi pueblo, ese lugar perdido en la memoria.

En las noches las enfermeras eran llamadas por alguno que decía sentirse mal. Después se escuchaban los gritos de placer. Cuando eso sucedía, ellas nos daban una dosis pequeñísima de morfina, nos sonreían diciendo que estábamos de suerte. Tumbado sobre la camilla podía imaginarme como un perro tendido sobre la banqueta esperando que alguien le dejara caer un poco de comida. Los aromas que entraban a la clínica se perdían entre las sábanas de los enfermos. Ni qué decir de ese apeste a patriotismo que los Jeeps traían consigo. Los olores te recordaban que seguías vivo.

Era común leer las cartas de los otros. Las dejaban sobre el suelo o sobre cualquier lugar. En esos pliegos podías leer las peticiones de las madres: cuídate, hijo; te quiero. Regresa pronto, te extrañamos. El niño ya camina. En mi caso las cartas tardaban en llegar. Si llegaban, jamás las leía. Dejaba que el sobre tomara un color amarillento para dárselas al cartero y que las regresara a su lugar de origen. Deseaba quedarme viendo la luz que entraba por las ventanas; soñaba en convertirme en un rayo que atravesara el espacio y nunca volver. Extrañaba ese leve dolor que se siente en el miembro cuando empieza a despertarse. Ahora simplemente sentía cómo esa sonda me enfriaba la entrepierna. El frío siempre ahí.

6

Medalla al mérito.

Corazón púrpura.

De Corporal a Sergeant.

Un boleto de avión en clase turista.

Escupitajos de los activistas.

Mujeres bellísimas a mi lado.

No avisé a nadie de mi regreso.

Cuando llegué al aeropuerto de los Ángeles me quedé varios días en un hotel de segunda. Bajaba a la calle y comía cualquier cosa. Luego entraba a una función matutina del cinema. Las tardes las pasaba en la playa de Santa Mónica, viendo a la gente tirada en la arena descansando. Ni el judío ni los otros estaban a mi lado. No sé qué fue de ellos.

Arde la arena, pero el frío no me abandona.

No me puedo quejar, me hicieron ciudadano y en línea directa toda mi familia se convirtió en US citizens.

Me dan mil doscientos dólares mensuales.

Todos estamos tan felices, verdad, hijo, me dijo Charles delante de la familia cuando por fin llegué a casa. Guardé silencio, luego hice una mueca que el resto tomó como risita frustrada. Dieron una gran fiesta en mi honor con invitados que no conocía. Me felicitaban. Me daban regalos y abrazos. Me presentaron a Úrsula, una mujer obesa con cara de idiota, hija del tío que nos recibió en su casa cuando llegamos a este país. God I love this Country, grita Charles en voz alta y pide que la fiesta siga. Minutos después me toma del brazo y me lleva con él hacia el porche de la casa. La noche es cálida, Charles me mira detenidamente, se acerca y me abraza; te toca ser feliz, me susurra al oído. Úrsula es una buena mujer, siguió diciendo, ya está arreglado, boda en tres meses. No me puedes decir que no, dijo tajantemente, después de todo tu tío nos recibió muy bien cuando llegamos a este lugar, no se le puede negar un favor como este, luego de un tiempo, igual y te enamoras. Mi madre me veía por las ventanas desde el otro extremo de la casa. Sonreía, levantaba su mano con cierto temor y me saludaba.

Tres meses después me casé con la morsa.

7

Fue una gran boda, no lo puedo negar.

Hubo cerveza y buena comida.

Antes de que terminara la fiesta Charles me llevó a la recámara y me dejó sentado sobre la cama. Suerte, me dijo y se marchó. Minutos después llegó Úrsula vestida con un bata color salmón untada a su piel abotagada. Me desnudó ceremoniosamente, luego se tumbó a mi lado, nos quedamos quietos. Sentí sobre el pecho sus enormes tetas sudadas. Lo más cerca que había estado de una mujer fue en el hospital; las enfermeras nos dejaban tocarles las nalgas a cambio de unos dólares. Úrsula mordió una de mis tetillas, tomó mi mano, me estiró los dedos y los hundió en el fondo de su vientre. Alcancé a escucharla decir que me amaba. Minutos después dio unos gritos parecidos a los de un cerdo en canal. Cuando terminó, se hincó a mi lado, me dijo con dulzura que seguía yo. Buscó mi verga con cierta desesperación hasta que encontró la sonda, hubo unos segundos de silencio, luego jaló ese pedazo de látex repetidas veces. Cuando se cansó no dijo nada, se sentó a la orilla de la cama y me pidió perdón. No supe más, me quedé dormido.

A la mañana siguiente, cuando desperté, ella se había ido. Me vestí despacio y salí del cuarto. En la sala estaba Charles sentado viendo la televisión. Se fueron todos a desayunar a la playa, dijo antes de que le preguntara cualquier cosa. Me acomodé a su lado, me dio una cerveza: tómatela, Pete, en ayunas sabe mejor, dijo. La gente de la televisión cree que estamos pendejos, no crees, comentó sin interés. No lo sé, contesté, tal vez. ¿Ya recogiste tus papeles de migración?, pregunté. No, contestó y siguió bebiendo. Afuera los ruidos de la playa llegaban tranquilamente.

Por lo menos era una buena nalga esa que te conseguí, ¿no?, repitió, buena nalga. Dio un trago a su cerveza, luego volteó a verme y repitió lo mismo, buena nalga. Remató diciendo que no me preocupara, que Úrsula ya no iba a regresar. Está bien, dije. Me puse de pie, fui al baño, vacié mi bolsa llena de orines. Me veo al espejo, tengo el rostro ajado por las noches de insomnio. Los gritos de los bañistas se escuchan a lo lejos, gritos al fin y al cabo. Pudiera ir con mi padre y reclamarle el haberme mandado al infierno, pero sé que no me dirá nada, ni siquiera me pedirá una disculpa. Es un idiota, pienso, una palabra tan débil que más bien parece un reclamo de pareja. Un idiota. Regresé a la sala, él seguía sentado sin prestar atención a nada. Salí de la casa, al rato regreso, grité.

(…)

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